SEGURIDAD NACIONAL: LO MÁS SEGURO, ES QUE QUIÉN SABE

Estos son, hasta donde podemos ver, tiempos en que las certezas brillan por su ausencia. Tener seguridad es una fantasía del pasado que, desafortunadamente, se está convirtiendo en una nueva normalidad para todos. Mientras la pandemia corre rampante por nuestro país luego de haber puesto en evidencia la deficiente infraestructura de nuestro sector salud, muchos otros problemas políticos, sociales y económicos se vienen filtrando, subrepticiamente, por los resquicios de unas ineficientes legislaciones que, sin pena ni gloria, regulan mediocremente los aspectos más vitales de nuestro andar nacional.

No se tienen estrategias definidas y bien estructuradas para combatir los peores males que nos aquejan desde hace años. La pandemia es algo nuevo, al fin y al cabo, pero ¿alguien recuerda al VRAEM? Exacto.

Uno de estos aspectos, y quizá el más maltratado últimamente, sea el de cómo se ha venido manejando la seguridad nacional. Dejar de ver lo importante por encargarse de lo urgente ha sido, en definitiva, un craso error considerando lo convulso de la situación que la región está viviendo en estos momentos. Tenemos el panorama que nos ofrecen las decisiones tomadas previamente. Claro, es fácil criticar cuando las cosas ya sucedieron, pero ¿no es suficiente ejemplo el de principios de año? Ahora lamentamos la pérdida de más de dieciocho mil vidas, y solo en marzo ya teníamos más de treinta y tres mil detenidos por incumplir una cuarentena que fue mal implementada desde un inicio ¿Cuál era el plan? No podemos, a final de cuentas, esperar que el ejército cumpla con el papel que le corresponde cumplir al ministerio del interior.

Sacar tanquetas a la calle y amenazar con encerrar a la gente no parece surtir el mismo efecto que en los años setenta.

No es necesario ir muy lejos para recordar que nuestra marina de guerra encontró un submarino con dos toneladas de cocaína en el norte del territorio patrio a finales del año pasado. Esto nos obliga a plantearnos el considerar (más seriamente, al menos) al narcotráfico como una severa amenaza a la seguridad de la nación. Siempre ha sido una dolorosa espina en nuestro costado, pero ahora las cosas se han intensificado. Nuestras fuerzas armadas, después de todo, no se dan abasto para regular y sostener un estándar de seguridad mínimo a la luz de las circunstancias. Sacar tanquetas a la calle y amenazar con encerrar a la gente no parece surtir el mismo efecto que en los años setenta y menos aun cuando el MINDEF y sus elementos ya no pueden hacerse cargo de todo por su propia cuenta.

¿La solución está en manos del señor Vizcarra, entonces? No tanto así. Como jefe supremo de las fuerzas armadas, el presidente cumple una función más administrativa, máxime al hecho que no ha tenido al mejor de los equipos con el cual trabajar estos últimos cinco meses. Sin embargo, y a pesar de los denodados esfuerzos del gobierno y del MINDEF, debemos ser conscientes que no estamos preparados adecuadamente para lidiar con este tipo de problemática. No se tienen estrategias definidas y bien estructuradas para combatir los peores males que nos aquejan desde hace años. La pandemia es algo nuevo, al fin y al cabo, pero ¿alguien recuerda al VRAEM? Exacto.

Ahora lamentamos la pérdida de más de dieciocho mil vidas, y solo en marzo ya teníamos más de treinta y tres mil detenidos por incumplir una cuarentena que fue mal implementada desde un inicio.

Tomando en consideración, entonces, lo que nos ha tocado vivir, no está de más anhelar la recuperación de un módico de seguridad y equilibrio social. La población hace lo que puede para salir adelante con lo que tiene a la mano, esto sin contar la cantidad de inmigrantes que se buscan la vida junto a nosotros, y a quienes ni se les toma en cuenta a la hora de buscar soluciones de carácter social.

Lo único que queda es esperar que nuestras autoridades tomen conciencia de lo que la población necesita, y empiecen a tomar medidas más drásticas a la hora de resolver los problemas que se nos vienen sumando. Recordemos que el año todavía no ha terminado, y si en ciento treinta y ocho días nuestra sociedad ha caído de la forma en que lo ha hecho, no queremos imaginarnos lo que podría pasar en los próximos doscientos veintiocho que faltan para que se cumpla un año de la llegada del coronavirus al Perú.

LAS AFP Y LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL NO SABER

Una de las iniciativas que más polémica ha causado estos últimos días es la del retiro efectivo de los fondos de las AFP. Si bien la idea de subsidiar con 380 nuevos soles a familias vulnerables es loable, no termina de convencer a la mayoría de ciudadanos, ya que su ejecución ha presentado muchas irregularidades (algunas con sabor a corrupción) y ha sido criticada por propios y extraños. Entra el Congreso de la República que, en un nuevo esfuerzo por aliviar la presión social y económica de la población, habría aprobado el retiro de hasta el 25% de los fondos de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Esta iniciativa, por supuesto, está a la espera de la aprobación del Ejecutivo.

“Sí, la gente va a apostar el futuro de sus fondos de pensiones en una movida arriesgada, porque la situación lo amerita.”

Esta medida se tomó con la intención de ayudar a la ciudadanía a recuperarse del efecto negativo que la situación de emergencia ha provocado en el bolsillo de todos nosotros. Sin embargo, esta iniciativa no es tan popular para muchos. No inspira mucha confianza que el mismo congreso no esté convencido de la decisión que ha tomado, ya que considera que “no es el momento adecuado” para implementarla (según el señor Manuel Merino de Lama, presidente de dicha institución) y la CONFIEP, oh sorpresa, de plano rechaza la medida, aduciendo que esta va a ocasionar más problemas para la economía de los que va a resolver. La interrogante es ¿la economía de quién?

Obviamente, de las AFP ni hablar. Los argumentos varían, pero siempre rondan alrededor de la misma premisa: el retiro del 25% de los fondos no va a ayudar a quienes más lo necesitan, sino que causará un desbalance económico que se verá reflejado en millones de pérdidas para los aportadores. Eso suena (de forma preocupante) a amenaza. La pregunta, entonces, cae por su propio peso: ¿Para qué aportamos a las AFP, si no podemos disponer de nuestro dinero cuando más lo necesitamos?

…”La CONFIEP, oh sorpresa, de plano rechaza la medida, aduciendo que esta va a ocasionar más problemas para la economía de los que va a resolver. La interrogante es ¿la economía de quién?”…

Desafortunadamente, seguimos sin saber la respuesta. Y seguiremos sin saberla, hasta que el Ejecutivo nos diga, exactamente, cómo vamos a resolver este problema. Sí, la medida ya está sobre la mesa de negociaciones. Sí, la gente va a apostar el futuro de sus fondos de pensiones en una movida arriesgada, porque la situación lo amerita. Sí, nadie está seguro de cómo manejan las AFP nuestros fondos (aunque muchos dicen que sobrado podremos disfrutar de nuestras pensiones, si vivimos hasta los 110 años). Y sí, no tenemos muchas alternativas tampoco. Al fin y al cabo, una emergencia es una circunstancia de vida o muerte, y no es que se pueda vivir sin dinero, más aún en estos días tan aciagos.

Quiero creer, en tal caso, que la medida va a representar un beneficio en vez de un mal. Tengo la esperanza que las grandes empresas no verán esto como un ataque directo a sus cofres, y no actúen como si la ciudadanía o el gobierno estuvieran en su contra. En resumidas cuentas, si el peruano de a pie no tiene dinero para gastar, las empresas no van a poder salir adelante por su propia cuenta por mucho tiempo. La idea de que haya dinero fluyendo debería ser aplaudida por todos, ya que dinero moviéndose, es dinero que crece y dinero que (esperemos) se distribuya.

“… Muchos dicen que sobrado podremos disfrutar de nuestras pensiones, si vivimos hasta los 110 años…”

Dicho lo anterior, mi recomendación es la de retirar la cantidad que sea necesaria, y no más. La idea es pasar la ola que tenemos en frente, pero no derrochar lo poco que nos queda por temor a que no haya un mañana. No es el fin del mundo, y de peores situaciones hemos salido. Eso sí, voy a hacer una nota mental de guardar siempre un poco de dinero debajo del colchón. No será mucho, pero al menos voy a tener la certeza de saber que lo tengo ahí para cuando lo necesite, sin preocuparme por tener que hacer interminables colas y engorrosos trámites para acceder a él. Solo el tiempo nos dirá si tomamos la decisión correcta, o si tendremos que trabajar hasta los 85 años.